Sucede casi mágicamente. El lector entra sin darse cuenta en relatos en los que queda tomado emocionalmente, en los que una situación empieza a enrarecerse, en los que la pluma radiante y feroz de esta gran escritora crea un efecto envolvente, irrenunciable, poético y tenso: estamos en las manos del conjuro literario de Joyce Carol Oates.
De pronto estamos en un viaje en coche en el que un hombre huye de Manhattan con su amante adolescente y la trama, como en un largo poema rítmico y brillante, nos lleva con el impulso del coche para atravesar un invierno en busca de lo prohibido. Como una criatura transparente que se filtra por debajo de la puerta de casa, llega lo inesperado. Pero, también, lo inevitable. Del frenesí al desenlace perturbador. La autora tiene la magia de conducirnos por tramas que creemos ver pero no desciframos hasta que todo es demasiado evidente.
Y luego está la infancia, las enfermedades, la familia, las gemelas que no son... Y así. Las historias de Oates -candidata al Premio Nobel y finalista del Pulitzer- son criaturas que parecen inofensivas hasta que se imponen en su ferocidad. Hay algo indomable que se nos presenta: acaso sea la naturaleza humana, que esta enorme autora conoce sabiamente, pero que jamás nos revelará de manera previsible, frontal ni evidente. Lo que alguien podría llamar el gran arte de la buena literatura.
Maximiliano Legnani
Fotografía de la autora, © Dustin Cohen