La euforia Argentina se hizo sentir en las contadas butacas para residentes dispuestas por la Copa América. El Presidente Bolsonaro había vaticinado el triunfo brasileño por 5 a 0 frente a la selección nacional, pero nada de eso fue realidad como muchos de los pronósticos del inefable mandatario.
Messi y Thiago Silva mirándose al hacer rodar la pelota inicialmente. El árbitro Ostojich al frente de uno de los partidos más complejos donde siempre se iba a inferir la inclinación de cancha hacia el seleccionado local y más en ese estadio.
Desde los 10 minutos del primer tiempo el partido se puso picante, nadie iba a ceder su posibilidad de triunfo, dominio repartido de la pelota y seleccionados que claramente querían dejar todo por distintos motivos.
Di María definía por encima de Ederson tras un pase al espacio de De Paul que Lodi no pudo cortar. Los argentinos del Maracaná festejaban junto con argentinos de todo el mundo.
Fronteras adentro del país un grito unido y sonoro con aroma a justicia. Esa justicia que devuelve una alegría entre tantos pesares, en un año y medio de Pandemia después de muchos años más de pandemia económica en una población que resiste, que se esperanza, que aguarda y que necesita ese grito unívoco y común.
Luego muchas jugadas para el infarto, tensión en los comedores, livings y patios donde al silencio le seguían suspiros, onomatopeyas y otras expresiones verbales y no tanto.
Argentina ganó la final de la Copa América. Hubo festejos en todo el país. Desde La Quiaca hasta Marambio. Y fuera del país también, hasta en India con caravanas de motos con la bandera argentina. El sueño colectivo de una alegría que esperaba su momento y un pueblo que con poco resto para resistir otra derrota puso su corazón en la esperanza del éxito.