"LA REINA DEL MIEDO" - CRITICA

Una mujer transitando el laberinto interminable de sus temores. Su casa se habita de sonidos temerarios, sus noches muestran silencio y aislamiento, su voz parece no resonar en los demás... Todo esto en medio del proceso creativo del armado de una obra teatral próxima a estrenar.

En medio de este devenir, la enfermedad de un amigo en Dinamarca la ayuda a tomar distancia, a oxigenarse... en medio de la tristeza de acompañar a quien hace tiempo no veía y decide estar cerca...

Valeria Bertucelli es magnética y hace de cada escena un momento creíble, atrapante y que espera que algo suceda e irrumpa en esa vida que deambula en los devaneos de sus fantasmas y profecías. Sin estridencias gestuales, Bertucelli hace que todo sea orgánico en su protagónico.

Tres grandes momentos de belleza y verdad se producen en las escenas con May Scápola Morán, Darío Grandinetti y con Sary López que interpreta a una empleada doméstica con peso propio en cada escena.

La realización es impecable desde su fotografía, iluminación y arte para los distintos espaciós.

Si bien el film sumerge al espectador en un "clima" interno de personaje y situación, por momentos la historia se enreda en su propia madeja, tal vez intentando mostrar el entramado mental del personaje protagónico que tiñe todo y determina la mirada del espectador con la dirección.

Casi como un juego de Mamushkas, el film es el desafío de una actriz (Valeria Bertucelli) en su primera dirección cinematográfica, cuyo argumento principal es una actriz en la construcción de una obra de teatro con cientos de incertidumbres y casi la imprecisión del puerto al que llegará...

Un juego de proyecciones, una alegoría de las presiones del medio ante lo vulnerable del artista y su creación, un film que transmite la angustia de este personaje en sus vivencias y por momentos se detiene sólo en ellas dejando una sensación que ralenta la trama en donde casi imperiosamente se espera la transformación de Tina (Bertucelli) o un punto de inflexión que cambie esa percepción permanente de su existencia.

Luis Bremer